Piso 3

[Carlos Dueñas Aguado]

 

¡Ah… qué cosas tiene la vida! Pinche gente que se piensa que los que trabajamos cotidianamente en un hotel no nos damos cuenta de cuando están cometiendo un delito de infidelidad. Carajo con la cantidad de hoteles que hay en la ciudad y que siempre vengan aquí, el mismo día de la semana y a la misma hora. Él llega a las 3:00 p.m. como relojito y se registra con el nombre de Haroldo Santoscoyo, pide la misma habitación, llama al botones que esté de turno, que casi siempre soy yo, y me pide que lo acompañe a la habitación, se la abro y después que me da su acostumbrada propina, regreso la llave a la recepcionista y a la media hora, puntual como toda una inglesa, llega una elegante rubia, despampanante en cuerpo y apantallante en belleza, va a la recepción, se identifica como la Sra. Santoscoyo y toma la tarjeta electrónica que abrirá paso a varias horas, al parecer de placer, y después de mirar para todos los lados y cerciorarse que nadie la sigue, se retira su anillo de compromiso, lo guarda en su cartera, se dirige al elevador y ojos que la ven subir, casi nunca pueden ver cuando baja.

La verdad me da mucho coraje y al mismo tiempo me siento culpable, cómplice, bajo, ruin. Yo creo que ella disfruta que se den cuenta que le va a poner los cuernos al marido. También él se vanagloriaba de sus éxitos, maldito infeliz, siempre que me daba la propina me decía “Cuando la veas que ya se sube al elevador, me echas una llamadita” y ahí iba yo como pendejo, tomaba el teléfono y le marcaba “Ahí va tu palomita adorada”.

Cada jueves era el mismo juego. Les juro que me daban ganas de salir corriendo a avisarle a su esposa o el marido de ella. Ambos tal vez estaban ajenos a toda esta traición y estos dos divirtiéndose de ser adúlteros enmascarados en personajes importantes. Sentía ganas de gritarles en medio del vestíbulo y que todo el mundo se enterara.

Y justo ayer, me dije que tenía que hacer algo. No podía seguir jugando al celestino imaginario que contribuía a la felicidad de dos, a cambio de fomentar la traición y la deslealtad a sus respectivas parejas.

A las tres llegó el pinche viejo rabo verde, y como siempre, después de su rutina me llamó. Entramos al elevador y sin pensarlo dos veces lo ataqué.

― Señor Santoscoyo, ¿No le da vergüenza traicionar a su esposa, con una mujer que sin escrúpulos se quita su anillo de compromiso desde que entra a este hotel?

― Muchacho, ¿que sabrás tú de la vida?

― No sabré mucho, pero lo que sí sé, es que no es justo lo que ustedes hacen.

― Chebo, eres muy joven. La vida a veces nos obliga a tomar decisiones en nombre del amor, aunque esas decisiones puedan parecer equivocadas para otros. ¿Sabes tú realmente si esa mujer a la que has llamado inescrupulosa, es feliz en su matrimonio? ¿Sabes tú qué pasa con mi vida matrimonial? ¿Te crees lo suficientemente pulcro para juzgar a las personas sin saber en realidad de qué estás hablando y que causa estás defendiendo?

― Perdóneme señor. La verdad siento mucha rabia, pero usted tiene toda la razón. Soy un estúpido. ¿Quién soy yo para juzgar la vida de nadie? Allá ustedes con sus porquerías.

Salimos del elevador en el piso 3 y como siempre lo acompañé hasta la habitación. La misma de cada jueves. Después de abrirle la puerta, el distinguido señor Santoscoyo me miró fijamente. Había firmeza en su mirada, pero en el fondo pude percibir una infinita ternura contendida.

― Muchacho, me impresiona tu valentía y tu honestidad. No son muchos los jóvenes hoy día que defienden con valor sus ideales. Y la verdad me gustaría recompensarte fuertemente.

― Señor, le juro que hoy no quiero propina.

― No es propina lo que quiero darte. Quiero invitarte esta noche a mi casa para que tu mismo juzgues con tus propios ojos, si esto que estoy haciendo no es verdaderamente necesario. Otra cosa… no vayas a ir solo, invita a tu novia o a tu enamorada.

Y terminando su solemne discurso, sacó una tarjeta de presentación y me la entregó.

― Te espero a las ocho de la noche en esa dirección. No faltes por favor.

Tomé la tarjeta y le di la espalda sin pronunciar palabra alguna. Como un autómata bajé por el elevador, dejé la llave y esperé pacientemente a que llegara su amante. Una vez más la misma rutina y mi llamada fue la señal que esperaba desde su cueva, un cazador bien emplazado, asechando a que llegara su presa, para clavar en sus entrañas el filoso dardo que ya apuntaba desde su ballesta.

 

II

Me llené de valor y usando la flamante tarjeta de presentación como un pretexto para invitar a Laura y al fin declararle mi amor, llegamos a la dirección indicada, y a la hora precisa. Una sirvienta muy bien uniformada nos abrió la puerta y nos anunció ante el señor Santoscoyo quien ya venía a nuestro alcance.

― ¡Qué bueno que vinieron!

Nos indicó el camino y fuimos directo a la terraza en donde ya estaba arreglada una mesa justamente para cuatro personas.

― Alicia, ya puedes disponer la cena y avísale a la señora que ya llegaron nuestros invitados.

Por un momento sentí ganas de decirle “descarado” pero me contuve. No quería armar ningún show fuera de tiempo ni de espacio. Además estaba con Laura quien ajena a todo se comportaba de una manera muy natural.

Mi asombro se desbordó cuando apareció la Sra. Santoscoyo. Mi cuerpo empezó a temblar y un sudor incontenible empezó a brotar de mi frente.

Caminaba con cierta altanería pero, sin dudas, le hacía lucir más hermosa de lo que indiscutiblemente era la despampanante rubia. Saludó y se sentó al otro extremo de la mesa. Tomó la bolsa que colgaba del espaldar de la silla y sacó su anillo de compromiso. Mientras se lo ponía se dirigió sonriente hacía mí.

― Chebo, no te asombres porque sepa tu nombre, pero lo importante es que hoy, mi marido y yo, cumplimos 10 años de casados. Y el éxito de nuestro matrimonio ha estado en que todos estos años, nuestra lucha siempre ha sido en contra de la rutina. De no caer en una relación aburrida y hace justamente cinco jueves, jugamos a los esposos traicionados y nos divierte tanto como la gente intenta juzgarnos…

El Sr. Santoscoyo la interrumpió y se dirigió hacía Laura.

― Señorita, si aún no le ha dicho que sí a este joven, no lo piense más, es todo un caballero.