|

Piso 16
[Carlos Dueñas Aguado]
La salida del trabajo siempre es un evento feliz y mientras caminaba en busca de mi auto pensaba en mi día completo subiendo y bajando, desafiando las leyes de la gravitación universal. No quiero ni pensar que pasaría en el momento que se rompa un pinche cable de esos que sostienen la caja del elevador. Caer con la aceleración de la gravedad no tiene madres. Por cada segundo aumentar la velocidad en 9.8 m/s. ¡No mames! 25 pisos, de 3.5 metros cada uno, son 87.5 metros de altura. ¡Pa"su mecha! Con ese aumento de velocidad llegaría a la parte más baja en 4.22 segundo lo que representaría chocar contra el piso a 41.43 m/s. ¡Órales! casi a 150 km/h. Es como convertirme en una calcomanía empotrada en el suelo del cajón del elevador. Si los dueños de los hoteles pensaran en esto, deberían pagarnos un seguro especial por peligrosidad. Pero bueno, confiemos en que los elevadores son seguros. Se traban, se quedan entre dos pisos, pero de ahí a que se parta un cable… Mejor no pienso en eso. Y en efecto dejé de pensar en los odiosos elevadores cuando mi celular me sacó de la mecánica clásica en que estaba sumergido.
― ¡Que sorpresa! ¿A qué se debe el honor de esta llamada?
― Es que hoy no me toca ir trabajar y me gustaría que me hicieras un favor. Necesito que vayas al piso 16. En la habitación 1640 hay una amiga que acaba de entrar al hotel pero se va muy temprano y me trae unos papeles que son muy importantes para mí. ¿Pudieras pasar por ellos?… Chebo, ¿Ya saliste del hotel?
― Estoy en eso, justamente acabo de pararme en el semáforo de la esquina. Pero no te preocupes, me regreso.
― Gracias Chebo.
Algo no me olía bien, las habitaciones con terminación 40, del piso 15 hacia arriba, eran las más grandes. Ahí hospedaban a personajes importantes, famosos o familias numerosas, que por supuesto, pudieran pagar el costo de la misma. Era una especie de apartamento de dos habitaciones y un "family room" muy amplio con un enorme ventanal que daba a una terraza desde la cual se podía disfrutar una vista espectacular de toda la ciudad. Eran, sin duda, un derroche de lujo al mayoreo.
Me sentí extraño, por primera vez subía el elevador no como el atento y carismático botones que trataba de sacarles historias a los huéspedes. Ahora estaba intrigado. ¿Eran tan importantes esos papeles? ¿Por qué su amiga no podría dejarlos en la recepción para cuando ella llegara se lo dieran? En fin, ahora el elevador se mostraba distinto. Su velocidad uniforme parecía envolverme en un océano de suposiciones. Sus plateadas paredes reflejaban mi preocupada imagen.
Caminé lentamente hasta el fondo del pasillo y toqué a la puerta. Sentí una voz femenina que me gritaba: "Entra y espérame un segundo por favor" Su voz se sentía un poco lejos. Entré y me senté en un cómodo sofá que daba la espalda a las puertas de las habitaciones.
Pasaron los segundos más largos de mi vida. Pero toda espera tiene alguna recompensa. Diez minutos más tarde, dos manos que atacaban por mi retaguardia y aún frías por el agua de un gratificante baño, taparon mis ojos y una voz casi susurrante al oído me indicaba que me pusiera de pie sin voltearme. La intrigante mujer se me colocó por detrás y empezó a besar cada palmo de lo que estaba descubierto de mi cuello, mientras sus hábiles dedos maniobraban en cada botón de mi camisa dejando mostrar mi abdomen y mis pechos. Poco a poco fue recorriendo mi camisa y sus labios dibujaban ternuras en mi espalda.
Sumiso y casi sin aliento me deshice de todo lo que poseía encima y fue ahí cuando permitió que me volteara hacía ella. Ante mis ojos su cuerpo desnudo ya posaba y la frágil mujer que conocía, se mostraba cual vampira dispuesta a vaciarme toda el alma.
Lo que pasó en la cama, no es parte de esta historia, sólo me complaceré con decirle que fue una batalla campal. Sus casi 40 años vs mis 25 no fueron obstáculo para que yo dejara mostrar mis novatas técnicas sexuales y me dejara seducir por los encantos de tal experta ninfómana encubierta.
Dos horas mas tarde, reposando cual dos guerreros que recuperan su aliento, nos dispusimos a comentar lo sucedido.
― María, no puedo negar que estuvo bien la técnica de tu engaño. "Sube al piso 16 y ahí estará una amiga…" ¿Cómo no se me había ocurrido, que quien sabe quien duerme en cada cama de este hotel, puede saber de cual habitación disponer para hacer sus fechorías?
― Piensas mal Chebo. Yo sería incapaz de disponer de una habitación de este hotel sin estar autorizada para hacerlo. Lo que sucede en realidad es parte de una historia que prefiero que no sepas…
― Me desconcierta tu osadía. Hace dos días cuando me piropeaste vilmente al preguntarte ¿para qué soy bueno? me dijiste que eras una mujer casada. Ahora prácticamente me secuestras y acabas de decirme que prefieres que no sepa tu verdad… creo que no es justo María.
― Nunca te fíes de todo lo que dice una mujer. A veces cuando decimos que somos felices, simplemente representa lo que anhelamos ser y no tenemos. Solamente confesamos nuestras verdades cuando estamos borrachas o en la cama. Chebo, yo no soporto a mi marido. Hace años comparto esta misma habitación con un señor muy especial en mi vida. El viene una o dos veces al mes y hoy era ese día especial que me hace renacer del pinche estereotipo en el que navega mi vida. Pero desgraciadamente, unos minutos antes de llamarte, había colgado con él y me dijo que se había complicado, que su esposa había caído en cama por una fractura del fémur y que le era imposible venir. No tuvo la delicadeza de avisarme desde temprano, porque había estado en el hospital ya que tuvieron que operar a su mujer… perdóname, la rabia me ganó y no sé porque motivos, aunque creo haberte mostrado aquí en la cama que no eres indiferente a mis deseos, te llamé para darte esta sorpresa.
― Así que soy marioneta de una mujer despechada.
― No digas eso. La verdad tienes algo especial que me atrae de ti. No sé si es que tienes un gran parecido con este hombre que ha salvado mi vida, pero te repito, me gustas mucho.
― María, prefiero que me cuentes el porqué ya no soportas a tu marido.
― Chebo, la vida rutinaria mata cualquier relación. Mi marido es el clásico marido mandilón, él cocina, se ocupa de todas las actividades de mi hijo en la escuela, va a las comidas que organizan las madres que no trabajan y viven de la vida social. Le encanta pertenecer al comité de padres de familia, organiza las pastorelas y actividades en fechas festivas, le encanta estar al pendiente de todo lo que debería hacer yo. Es como una inversión de papeles. Yo me asfixiaba en la casa y un día me rencontré con este señor y bueno, esa es otra historia. Mi vida pareció tomar sentido y mes por mes nos entregamos y damos lo que cada uno espera del otro. Cada vez que podemos, me invento un turno de noche y vivimos en este recinto, lleno de vida, de imágenes y de placeres sin límites.
― ¿Y tú marido?
― No me importa. No me divorcio porque no iré a ningún lado. Este señor me ama tanto como yo a él, pero nunca abandonará su familia. Estoy resignada a sentir placer a intermitencias, pero gozarlos y vivirlos con intensidad.
Me quedaba muy claro el tipo de vida que María había decidido vivir en nombre del amor. Digo, si es que a eso puede llamársele amor.
María se levantó y fue por dos copas de Champagne. Me invitó para hacer un brindis, y luego me pidió que me fuera.
― Fue una faena inolvidable. ― Me dijo al despedirse en la puerta.
Comprendí que podía ser una despedida sin regreso. María no estaba dispuesta a engañar una vez más a ese hombre que la había dejado plantada.
Tarde en la madrugada llegué a mi casa. Me espantó el desorden, pero ya me estaba acostumbrado. Una señal de mensaje en la contestadora me hizo dirigirme hacia ella.
"Hijo, hoy tuvimos que internar a tu madre. Tuvo un pequeño accidente y se fracturó el fémur"
― Hijo de puta ― fue lo primero que salió de mi boca. ― Por eso no viniste a cogerte a María.
|