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Planta Baja
[Carlos A. Dueñas Aguado]
I
Mi nombre es Chebo, soy botones de un hotel y en mis tiempos libres, un escritor sin éxito, un escritor sin nombre, un escritor por el que las grandes editoras no se interesan. Pero no me importa. Mi pasión por escribir va más allá de cualquier ambición personal y aunque por ahora sea invisible para los comerciantes de talento y para todo el que me conoce, yo seguiré escribiendo porque gracias a este empleo, en el cual siempre llevo una sonrisa ―fruto de grandes propinas― y del que cotidianamente termino extenuado de usar el ascensor para subir y bajar infinidad de veces los 25 pisos del hotel, cargando maletas, maletines, carriolas, juegos de niños y hasta el más pesado de los perros que alguna caprichosa millonaria siempre lleva consigo, aún con todo esto, cuando llego a mi casa, me baño, ceno, atiendo algunas cuestiones importantes y me siento en mi barata portátil, para plasmar cada segundo de lo vivido a diario. Mi trabajo es una fuente inagotable de historias. Historias que cualquier escritor profesional pagaría lo que fuera para llevarlas al papel. No son capaces de imaginar lo que veo, lo que escucho y de todo aquello de lo que sin querer, me convierto en cómplice.
Estoy seguro que si alguna de mis amistades me ven en este empleo pondrán cara de asombro y se preguntarán ¿qué es lo que hago aquí?, pero esa es una historia muy larga, que prometo algún contar. Por ahora me limitaré a presentarme…
II
― ¿Qué edad tiene usted? ― Me preguntó el hombre regordete que fungía como director general del hotel.
¿A quién se le habrá ocurrido poner a este tipo en este cargo tan importante? Me imagino que lo hayan seleccionado porque debe tener mucho talento, porque si fuera por imagen este tipo espantaría a la clientela― pensaba mientras lo miraba fijo a los ojos.
― Tengo 25 años ― le respondí.
― Si yo fuera tu padre, de seguro no andarías por la vida sin haber estudiado y terminando de botones en un hotel. ¿No has pensado que con la edad que tienes, deberías hacer algo más productivo?
Sonreí y no le respondí. Me dieron ganas de mandarlo a chingar a su madre y salirme corriendo a buscar otro empleo. No hay cosa que odie más en la vida que este tipo de gente que se cree que es Dios y que tienen la verdad absoluta. Pero me contuve. Ni podía perder la posibilidad de obtener el trabajo, ni muchos menos, ponerme en mala con el jefe desde el primer día.
― ¿Qué estudiaste? ― volvió arremeter el regordete.
― Terminé la preparatoria y…― hice una pausa. La verdad no quería darle mucha explicación. ―… y pues, como acaba usted de decir hace unos segundos, no estudié nada y lo que quiero es trabajar. Necesito el dinero señor.
― ¡Ves lo que te digo! Esta juventud de hoy no sé que piensa en realidad. ¿Hasta cuando va a darse cuenta que el dinero no lo es todo en esta vida?
Me dieron ganas de gritarle que en efecto había hecho una carrera de administración de empresas y que si yo me lo proponía podría sustituirlo de ese puesto que ocupaba y que si estaba optando por el empleo de botones era porque sería la única manera que tendría de tener tiempo para dedicarme en realidad a lo que me gusta; escribir. Pero… ¿para qué entrar en contradicción con alguien así? Ese era mi secreto y nadie en el hotel jamás sabría mi verdadera profesión ni qué era en realidad lo que me gustaba hacer.
― Bueno, dígame, ¿me va a dar el empleo o no?
― En realidad hoy estás de suerte. Y no creas que te daré el empleo porque me caes bien, o porque eres un tipo bien parecido o porque en realidad soy un ejecutivo condescendiente con todo el que llega a buscar trabajo, quiero que te quede claro que te lo daré por esta carta de recomendación que traes del dueño de la cadena de hoteles, que me insiste que te eche la mano.
― Gracias señor. Créame que le estoy infinitamente agradecido.
Y sin esperar a que siguiera echándome su sermón me puse de pie al tiempo que le preguntaba:
― ¿A dónde debo dirigirme a buscar mi uniforme?
No sé como lo hizo, pero justamente en el momento que terminaba yo de hablar, la puerta de su oficina se abrió y se asomó su asistente.
― Por favor, ¿puede usted seguirme para indicarle donde queda el almacén?
Nunca he entendido esa supuesta eficiencia de los altos ejecutivos. Pero por primera vez en todo la entrevista el regordete me había impresionado.
La asistente del director tenía más o menos mi edad. A ella sí que de seguro la había escogido el cabrón. Una rubia descomunal. Su cuerpo parecía una escultura perfectamente tallada, con una cara hermosa, tronco largo, cintura chica, caderas perfectamente marcadas, vientre liso y sin un asomo de grasa, y un trasero voluptuoso que se regocija orgulloso de saber que yo lo estaba contemplando. Sin dudas estaba demasiado apetecible para no imaginar que el regordete le debía estar haciendo la vida de cuadritos.
― Oye, dime una cosa… ¿Cómo soportas a este regordete prepotente? ― le pregunté mientras caminábamos por todo el pasillo de la planta baja rumbo al área de vestuarios.
― No me queda de otra, porque si pierdo este trabajo no sé que será de mí.
― Pero… perdón ¿Cómo te llamas?
― Laura.
― Laura, no se me hace justo que por mantener un trabajo haya que soportar a ese energúmeno.
― ¿Qué sabrás tú lo que es o no justo?
― ¿Por qué me dices eso?
― Porque por culpa de un hombre como tú, joven, atractivo pero inmaduro mi vida es lo que es… Y la verdad no sé porqué te cuento todo esto. ¿Qué sabrás tú de la vida?
― Laura… ― no pude decir nada más. Sentía una rabia interna que parecía devorarme. No sabía por qué una sensación extraña se apoderaba de mí. Quería saber que pasaba en realidad con Laura pero sólo estaba seguro de dos cosas. La primera, que algo grave y doloroso le había ocurrido y la segunda, estaba consciente que de su boca no escucharía nada.
Llegamos al almacén y Laura le entregó un papel con mis tallas a una señora ya entrada en edad y con cara de enojona. Luego se regresó a su oficina.
― Se ve que te impresionó ese bombón. ― dijo la voz áspera pero divertida de un hombre de unos treinta y tantos años que estaba sentado frente al mostrador del almacén. ― Mi nombre es Bartolo, pero todos me dicen el hombre araña. Soy el que limpia los cristales del hotel. Mucho gusto ― y me extendió su mano.
― Mi nombre es Chebo… ― respondí para mantener la cortesía y luego ataqué sin poder esconder el asombro que me provocaba el imaginarlo colgado desde lo alto del edificio.― dime algo… ¿Limpias todos los vidrios por fuera?
― Así merito güero, desde allá arriba se ve y se oye lo que no eres capaz de imaginarte.
― ¿Y no te da miedo?
― Güero, el miedo se pierde… y para decirte la verdad, hay cosas más peligrosas en este hotel que subirse a un andamio.
Sin dudas el hombre araña parecía de esos personajes que todo lo saben y a quien todo el mundo quiere. Tenía que sacar provecho de la coincidencia que nos había puesto en el camino.
―Oye entonces tú me puedes ayudar.― le dije mientras examinaba las ropas, que me entregaba la cara de ogro.
― Umm no sé porqué me estoy imaginando por donde vas güero. ¿te gusta la Laura?
― Bueno, digamos que hubo un “click” especial a primera vista… pero dime… ¿es soltera?
Tome la ropa y el hombre araña me jaló del brazo.
―Mejor vámonos de aquí que hay moros en la costa… ― dijo refiriéndose a la de cara seria. Una vez fuera del almacén prosiguió. ― Oye güero, júrame que no vas a pensar que soy un chismoso, pero esto que te voy a contar, lo hago porque todo el mundo lo sabe. Para nadie en este hotel es un secreto que Laura es la amante del director general.
― Carajo, no sé porqué me lo imaginé.
Nos sentamos en una banca que estaba a la entrada del almacén. Bartolo se había entusiasmado por contarme el chisme. ― Sí, en realidad Laura es la amante de ese rufián. La tiene amenazada que si no se acuesta con él la corre de su empleo. Y mira, su salario es muy bueno, ella gana lo que no gana una secretaria común y eso es lo que ella es en realidad.
―Bartolo, ¿Cómo sabes todo eso?
―Ya te dije que no hay cosa en este hotel que Bartolo no sepa. El muy hijo de puta le creó una plaza de asistente para pagarle un salario más alto y la pobre, tiene que gratificarlo con “cuerpo-matico” ¿Si me entiendes?
― Sí. Bartolo, ¿me imagino que también sepas todo lo que ese cabrón hace aquí en el hotel?
― Chebo si los dueños de este hotel supieran toda las tranzas que hace ese degenerado, de seguro no estuviera aquí de director general.
― Gracias Bartolo.
Ese día, a la hora de la comida aparenté coincidir con Bartolo y me contó mucha más cosas de las que hacía el director y conocí un poco más de la vida de Laura. Sin dudas, tenía material para mi primer escrito.
III
A las ocho de la noche llegué a mi casa. Había sido un día agotador, pero para ser el primer día de trabajo no había estado nada mal.
Tomé el teléfono y llamé a mi padre. Al otro lado su voz ronca y firme se dejó escuchar.
― ¿Qué buenas me tienes?
― Quería decirte que sí conseguí el empleo. ― le dije algo tembloroso.
― Eso no es noticia. Con la carta que te di, ese hijo de su puta madre no podía decirte que no.
― Papá… hay muchas cosas más de las que te imaginabas. Ese tipo además de ser un déspota con tus empleados, y un patán abusivo con su secretaria, te está robando a dos manos. Pero ya te enterarás con lujo de detalles en cuanto termine de escribir esta historia y te la mande por correo. ― Y sin dejarlo preguntar nada más colgué el teléfono.
Sonreí. Aunque sería una verdad que dolería mucho a mi padre, el haberlo convencido que me dejara entrar a uno de sus hoteles como un simple trabajador, para disponer de tiempo para hacer lo que me gusta, había cumplido su primer efecto. Al menos estaba tranquilo porque estaba cuidando sus espaldas.
Dos días después, el director regordete fue sustituido del cargo de director y expulsado de la cadena de hoteles de mi padre. Laura fue asignada a jefa del servicio de habitaciones.
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